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viernes, 27 de agosto de 2010

El viejo Teatro











El escenario, esa caja cuadrada, negra, estaba a oscuras, vacía, fría, un silencio sepulcral reinaba, sólo la luz mortecina de los escalones de la sala iluminaban el ambiente.

Unos pasos calmos, rítmicos, crujían el espacio, una figura indefinida emergió entre las bambalinas, como resucitando de una antigua película, un piloto color beige de doble abotonadura, cuello levantado, el cinturón marcando la figura, zapatos de taco alto y medias negras, un pequeño sombrerito de lluvia y unos anteojos negros; las manos en los bolsillos y bajo uno de los brazos una cartera tipo sobre negra; caminó despacio, sin ninguna prisa, sintió bajo sus pies, cada centímetro de ese suelo negro, crujiente y hueco del escenario. Su mirada no sé donde estaba; en que infinito mundo navegaba, no podía verla.

El recorrido duró unos minutos, seguramente segundos; se detuvo casi llegando al proscenio y su cuerpo fue girando milimétricamente en l80º.

Buscando en los entre-telones, de telas negras, raídas a jirones por los mitológicos ecos del pasado, las cenizas de los aplausos irremediablemente gastados.

Un frío recorrió su columna en la soledad silenciosa del viejo teatro.

Durante unos instantes detuvo su cuerpo evocando en su mente un recuerdo que no le producía daño; era un polvoriento y caluroso ensayo en donde una voz se convertía en sentimiento, palabras frases, llenaban de sonidos imaginarios el silencio real de la sala.

Él bañaba con fina lluvia de su esperma el cuerpo urgente, de la musa de pechos turgentes, mientras de su boca salía a borbotones su sexo de aullidos.

Ella lo ignoraba inmersa en una orgía subterránea de fantasías cósmicas.

Mientras aquel director vouyerista, desde la butaca de pana roja, en el centro de la sala vacía, se masturbaba imaginándose un orgasmo infinito con la musa de cabellos azabaches y ojos de salvaje deseo.

En que recuerdo habrá anclado su mente cuando levantó su rostro, como iluminada por el resplandor de una proyección sin pantalla, hacia el vidrio roto de la cabina de sonido.

¿Qué antiguo personaje se habrá apoderado de su mente y su cuerpo?

¿Qué poderosa fuerza la impulsó hacia el costado buscando el abrigo del telón apolillado?

¿Qué sombra del pasado se habrá reflejado en el marco de la puerta de entrada?

Qué imán tan poderoso la habrá llevado a descender los tres escalones del escenario, para perderse escaleras arriba, sin volver ni siquiera la mirada atrás y partir, fragmentada en las esquirlas del pasado, perdiéndose inevitablemente dentro de su propio vacío, frío, silencioso escenario negro de la vida.




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sábado, 24 de julio de 2010

Te Camino Buenos Aires





Camino por las calles rotas.
Hundo mis pies en los pozos embarrados.
Esquivo montículos de tierra.
Caigo entre maderas, insostenibles
en los bordes de precipicios entubados.
Cruzo calles, entre avalanchas
de motores funcionando.
Sobrevivo al serpenteo de una moto,
que a la turbulencia de su paso,
roza el ruedo de mi abrigo.
A pesar que mi pie resbala
en el borde de la acera aceitosa,
logro aterrizar en la vereda de enfrente.
Y nuevamente sigo el camino.

Si esto fuese el relato de una ciudad
bombardeada por una guerra;
sería lógico, normal; pero ésta ciudad,
no ha pasado guerra,
no hubo bombas.
Literalmente hablando.

Sin embargo mis pies cansados
ya de recorrer por casi cinco décadas,
las mismas baldosas, pisoteando
basura, barro y cemento,
viendo como la destrucción
va sembrando el rumbo.
Buscando calles que ya no son calles,
ni desde el nombre, que ya no está,
ni de aquellos lugares que albergaban
las risas, nuestras risas;
adolescentes de pasado,
utópicas de futuro.

Sólo queda algún que otro bastión
sobreviviente de la modernización.
Algún monumento empinado hacia el cielo,
cortando en dos, como cuchilla filosa en el aire,
la ruta incesante de un centro,
que cada vez nos invade más, ahogándonos;
y hoy, todavía no preguntamos ¿Para que está?

Entre medio de la vorágine,
nos llevamos por delante
o nos lleva por arrastre del costado
derecho o izquierdo;
en esa lucha constante de supervivencia selvática
por mantener a flote un barco
que navega sobre zancos
apoyados en arenosos y rocosos fondos.

Así como camino las calles,
recorro nuestra vida,
apasionada de ilusiones,
superviviente de utopías,
no del todo enterradas,
entre baldosas flojas
y carteles de neón.

Entre mesas de bares,
que recordamos nostálgicos,
sentados ahora en “peceras”
luminosas de caños y fórmicas
o en los no menos lumínicos
infantiles y adolescentes,
yankeelizadas hamburgueserías.

Dónde fueron a parar
aquellos pintores, escritores,
actores, músicos, que merodeaban
la noche, de bar en bar,
esperando las seis de la mañana
para ir a comprar los bollos de grasa,
recién horneados, calientes y crujientes
a la panadería al lado del San Martín.

¿Qué se hizo del viejo violinista?
que tocaba por monedas,
y después te pagaba el sanwich de mortadela.


Porqué se perdieron las librerías
abiertas hasta la madrugada,
con mesas repletas,
en donde leíamos los libros
que no podíamos comprar,
cuando todavía no existían las fotocopiadoras
y mucho menos la computadora.

En que viejo anticuario, del Mercado de las Pulgas,
habrá ido a parar aquella vitrola,
con los discos de rock, que sonaba con monedas.

¿Habrá publicado su libro,
aquel que nos leía sus poemas en La Paz?

¿Habrá vendido el cuadro del cisne
sobre el piso embaldosado en blanco y negro,
aquel pintor del Taller de las Artes?

Aquel que llevaba la guitarra colgada en la espalda,
como ahora llevan las mochilas,
¿Habrá logrado editar su disco?

Y de todos los sueños y proyectos
en grandes teatros de la calle Corrientes,
¿Cuántos lo habremos realizado?







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